La Agroecología es política porque aspira a otro modelo de sociedad, compuesta por múltiples territorialidades campesinas diversificadas que se entretejen con árboles, montañas y ríos vivos, en las que se produzcan alimentos sanos y otros bienes no alimentarios en compatibilidad con la naturaleza, usando conocimientos populares que se enriquecen con el diálogo científico, y en el que jóvenes y familias permanecen en el campo (1, 2, 3). Esta bella utopía se enfrenta a este otro modelo de destrucción, que antepone la ganancia a la vida, envenena los territorios con agrotóxicos y transgénicos, desplaza  poblaciones campesinas a las ciudades, proletariza a los habitantes rurales, destruye la fertilidad del suelo, deforesta, contamina el agua, crea desiertos verdes, genera hambre, enfermedades y desnutrición (4, 5, 6, ). Sin lugar a dudas, América Latina es la región del mundo donde más vívidamente están resonando luchas populares que disputan la hegemonía de la agricultura con el capitalismo global y el latifundio, a través de un gran movimiento social que aglutina muchísimos y diversos agentes sociales capaces no solo de cambiar el sesgo de las instituciones estatales, sino también las condiciones ontológicas, epistémicas y éticas de la producción alimentaria.